La posibilidad de abastecer proyectos mineros con agua desalinizada del océano Pacífico comienza a tomar forma en Argentina. Provincias como San Juan, Catamarca y La Rioja analizan alternativas ante la escasez hídrica.

Chile lleva casi dos décadas utilizando agua de mar en minería y hoy cuenta con más de veinte operaciones que funcionan con sistemas de desalinización. El país se propuso que para 2040 el 95% de su producción minera utilice este recurso, apoyado en una red de plantas costeras, ductos de gran escala y estaciones de bombeo que transportan el agua hasta zonas de alta montaña.

La adopción de esta tecnología responde a un contexto de estrés hídrico persistente, marcado por la reducción de nevadas y el retroceso de glaciares. En ese escenario, el uso de agua continental por parte de la minería genera fuertes tensiones con las comunidades, lo que obliga al sector a buscar soluciones que aseguren sostenibilidad y licencia social.

En Argentina, el interés se concentra en proyectos cupríferos cercanos a la frontera con Chile, como Los Azules, Pachón, Altar o Vicuña. Especialistas analizan la posibilidad de esquemas binacionales que permitan utilizar plantas desalinizadoras del lado chileno y transportar el agua hacia yacimientos argentinos, aprovechando acuerdos de integración minera ya vigentes.

El uso de agua de mar permitiría reducir la presión sobre acuíferos y ríos cordilleranos, uno de los puntos más sensibles en el debate ambiental. Sin embargo, la experiencia chilena muestra que la tecnología por sí sola no alcanza: el trazado de ductos, el consumo energético, la gestión de la salmuera y los beneficios locales deben discutirse con transparencia y participación ciudadana.

Desde el punto de vista económico, los costos siguen siendo elevados. Una planta de gran escala puede superar los 2.000 millones de dólares, aunque el uso creciente de energías renovables permitió reducir significativamente el valor del metro cúbico de agua desalinizada. En ese sentido, la combinación entre minería y energías limpias aparece como una oportunidad estratégica para el desarrollo regional.

Más allá de la infraestructura, la desalinización redefine el rol del agua en la minería moderna. Ya no se trata solo de un insumo productivo, sino de un eje central de sostenibilidad, gobernanza y confianza social. Las decisiones que se tomen hoy en la Cordillera podrían marcar el rumbo de una minería más responsable y adaptada al nuevo escenario climático.

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